La reforma integral de mi casa
Tuve que decidir qué hacer yo y qué dejar en otras manos.
En 2019 empecé la reforma de la vivienda donde iba a vivir con mi pareja. Era un piso de tres habitaciones, con cocina independiente, salón comedor, baño, aseo y despensa. Llevaba años cerrado. Había hecho proyectos de carpintería, pero nunca una reforma integral.
Quería diseñar la casa, asumir todo el trabajo que pudiera y coordinar a los profesionales para el resto. Contaba con ayuda de familiares y amigos. El presupuesto inicial para reforma y amueblamiento era de 40.000 €, y esperaba tardar unos seis meses. Los dos límites acabaron cambiando.
La reforma incluía cambiar la distribución, renovar instalaciones, mejorar el aislamiento y fabricar parte del mobiliario. Muchas decisiones estaban relacionadas: bajar un techo permitía esconder conductos, pero condicionaba las ventanas; abrir la cocina cambiaba los recorridos y la posición de los muebles; conservar una pieza antigua podía ahorrar material y multiplicar el trabajo de ajuste.

El recibidor antes de vaciar la vivienda.

La cocina de partida conservaba muebles y revestimientos que retiramos.
Dibujar sobre lo que ya existía
Preparé planos y un modelo 3D de la vivienda para estudiar la distribución, preparar la obra y definir los interiores. Volvía al piso a medir y trasladaba esas medidas a AutoCAD. El modelo me permitía reunir en una misma vista decisiones que, dentro de la vivienda, tenía que imaginar entre muebles antiguos y tabiques.
Quería abrir la cocina para ganar luz, acortar el pasillo y dejar espacio para una isla con zona de desayuno. Me interesaba organizar la vida alrededor de ella. No todos los cambios eran posibles: una bajante y un conducto de ventilación impedían convertir el aseo en un segundo baño con ducha. Otro encuentro con el conducto obligaba a conservar parte de uno de los tabiques de la cocina.
La distribución tenía que encajar con esos elementos, aunque no estuvieran donde nos convenía.

La propuesta señalaba qué tabiques cambiar y qué elementos condicionaban la distribución.

El modelo reunía distribución y mobiliario previsto. Es una propuesta, no una fotografía del resultado.
También marqué los muebles con cinta en el suelo. Era una comprobación sencilla de los pasos y las proporciones: cuánto ocuparía la isla, dónde empezaban los armarios y qué espacio quedaba entre ellos. El plano y el modelo ayudaban a pensar; la cinta me dejaba recorrer la propuesta dentro del piso.

Replanteo de los muebles a tamaño real para comprobar los espacios de paso.
Vaciar, desmontar y hacer sitio
Antes de construir había que sacar lo que había. Intenté desmontar el gran mueble del salón conservando algunas partes, pero estaba más unido de lo que parecía. Solo pude recuperar una de las vitrinas y varios módulos inferiores y centrales. El desmontaje también servía para averiguar cómo se había hecho y qué podía aprovechar.

El mueble original del salón, antes de intentar recuperar algunas de sus partes.

Desmontar exigía separar piezas que estaban unidas entre sí.
En la cocina retiramos muebles, revestimientos y los tabiques que permitía la nueva distribución. Me ayudaron mi pareja y un amigo. En el baño hubo que sacar la bañera y levantar parte del terrazo. Quitar papel pintado, cargar escombro y limpiar ocupó muchas más jornadas de las que sugería el plano.

La bañera fuera de su posición original durante el vaciado del baño.
La casa era a la vez obra y almacén. Cuando llegaron las placas de los techos comprobé cómo encajaban en el ascensor, y seis amigos me ayudaron a subirlas con los perfiles. Después había que seguir trabajando alrededor de los materiales y moverlos para liberar cada estancia.

Los materiales del techo ocuparon el salón mientras continuaban otros trabajos.
Repartir tiempo y presupuesto
Queríamos dedicar más a la cocina, el descanso y el salón. Yo insistí también en mejorar el aislamiento. Esas prioridades obligaban a renunciar a otras cosas.
Me habría gustado instalar ventanas de madera, pero no podíamos asumirlas junto con la ventilación que habíamos elegido. Nos decidimos por ventanas de PVC y reservamos esa diferencia para un sistema de ventilación mecánica con recuperación de calor.
Yo me ocupé de vaciar, desmontar y demoler, con ayuda; también de preparar superficies, pintar y hacer trabajos de carpintería. Encargamos a profesionales las ventanas, la electricidad, la fontanería, la calefacción, el insuflado de aislamiento, el lucido de paredes y la colocación de cerámica.
Al principio también pensaba montar los falsos techos. Había comprado el material, pero el trabajo y los retrasos me estaban dejando sin tiempo y sin la ayuda necesaria para colocar las placas. Terminamos encargando el montaje. Eso aumentó el gasto y permitió avanzar. Coordinar la reforma incluía cambiar el reparto del trabajo cuando mi disponibilidad ya no encajaba con el calendario.
Insuflar la fachada sin perder espacio interior
El aislamiento de la fachada fue tomando peso mientras preparaba la reforma. Elegí rellenar sus cámaras con celulosa insuflada. Así interveníamos desde nuestra vivienda, aprovechando un espacio existente dentro del muro y sin añadir un trasdosado que redujera las habitaciones.
Antes hicimos una cata, una abertura para comprobar la cámara. Los huecos bajo las ventanas donde estaban los radiadores también exigían atención: había que cerrarlos para preparar el insuflado. Cuando falló la disponibilidad del albañil, encargué ese cierre a la empresa de insuflado para poder continuar.

La cata permitía comprobar el espacio que íbamos a rellenar.
Una empresa realizó el trabajo con una máquina portátil y una manguera. Abrieron orificios en las paredes, introdujeron la celulosa y taparon las entradas. Calculé que se habían rellenado unos 75 m² de fachada en unas seis horas. Son las estimaciones que anoté entonces.

La máquina portátil utilizada para introducir la celulosa en las cámaras.

Entradas abiertas en la pared para rellenar la cámara desde el interior.
La intervención dejó polvo por la vivienda, pero el problema más importante fue de orden. Insuflamos antes de terminar las rozas para las instalaciones. Al abrirlas después, en algunos puntos se rompía el ladrillo que cerraba la cámara y salía el aislamiento. Había separado en el calendario dos trabajos que actuaban sobre la misma pared.
Las ventanas nuevas eran de PVC blanco, con doble acristalamiento, cámara con argón y vidrio bajo emisivo. En el hall, la cocina y el baño elegimos vidrio traslúcido. Su colocación también tenía que coordinarse con los revestimientos y la altura final de los techos.

Las ventanas nuevas dentro de una vivienda que todavía estaba en obras.
Ventilar una casa que estábamos aislando
Conocí la ventilación mecánica con recuperación de calor en una feria de construcción en madera. La incorporé al proyecto y buscamos quién pudiera instalarla en un piso. Finalmente elegimos un sistema de doble flujo: una red lleva aire a las habitaciones y al salón, y otra extrae de cocina y baños. El recuperador intercambia calor entre ambos flujos.
La máquina iba sobre el techo del aseo. Los conductos recorrían la casa dentro del espacio que dejarían los falsos techos. Su posición, los pasos entre habitaciones y el acceso para mantenimiento formaban parte de la distribución, aunque después quedaran ocultos.

La máquina sobre el futuro techo del aseo, durante la instalación inicial.

El pasillo distribuía parte de la red que después quedaría oculta.
La instalación entró demasiado pronto. Los conductos y la máquina ya estaban colocados mientras yo seguía retirando revestimientos, y trabajaba procurando no golpearlos. Habría tenido más sentido coordinar ese montaje con la estructura de los techos.
El problema más serio apareció al preguntar cómo se cambiaban los filtros. Sus accesos estaban orientados hacia el techo. La respuesta inicial era desmontar la máquina para hacer el mantenimiento. Consultamos al fabricante y reclamamos que se corrigiera la posición. Mi pareja también participó en esas gestiones.

La instalación antes de resolver la posición y el acceso para mantenimiento.
La recolocación se hizo antes de entrar a vivir. En octubre de 2019 dejé escrito que habían vuelto, colocado la máquina en la posición correcta y probado su funcionamiento. Todavía había ajustes que revisar en los conductos y en algunos aireadores. El techo del aseo quedó con un tramo registrable, desmontable para acceder a la máquina y cambiar los filtros.
Ese episodio alargó la espera para cerrar el techo. Delegar la instalación no me evitó tener que entender cómo se mantenía y comprobarlo antes de taparla.
Cambiar de solución para los techos
Partíamos de una altura de unos 2,70 metros y planteé bajar los techos hasta unos 2,50. Ese espacio permitía reunir ventilación y otras instalaciones, además de cambiar las proporciones del pasillo.
Había comprado fibra de vidrio de ocho centímetros para colocar sobre las placas. Después añadí a la propuesta un aislante reflectivo celular, con láminas que uní y sellé con cinta de aluminio. Terminé quedándome con este último: montar ambos materiales complicaba la colocación. Dejé la fibra fuera del montaje y opté por vender el material que había comprado.

El material con el que terminé resolviendo el aislamiento de los techos.
El montaje de las placas y el tratamiento de juntas se hicieron con ayuda profesional. Ver la perfilería, el aislamiento y los tubos antes de cerrar servía para comprobar qué iba a quedar dentro. Una vez colocado el techo, corregir cualquier encuentro exigía volver a abrirlo.

Las placas colocadas, antes del acabado de pintura.
Los remates de las ventanas mostraron otra dificultad de coordinación. En el baño quedó un hueco junto al marco porque se había contado con un revestimiento distinto del que finalmente hicimos. Lo resolvimos con placa de yeso. La medida de una ventana, el espesor de una pared terminada y el nivel del techo tenían que responder al mismo proyecto.
Decidir por dónde pasarían las instalaciones
Con las paredes y los techos abiertos había que situar enchufes, interruptores, puntos de luz, tuberías y conexiones de red. Los planos dejaron de ser solo distribución: los fui usando para marcar lo que debía llegar a cada estancia.

Puntos y recorridos marcados sobre el plano para coordinar la instalación.
En la red cometí una omisión concreta: no había previsto a tiempo los tubos corrugados que necesitaba. Cuando los añadimos ya no podía llevar todos los cables directamente a sus destinos. Tuvieron que pasar por un registro intermedio y volver hacia las habitaciones, con unos diez metros adicionales de cable por recorrido.

La red también necesitaba espacio y recorridos antes de cerrar paredes y techos.
Quería conexiones cableadas para el despacho y el resto de la vivienda. En el salón dejé cables ocultos tras el revestimiento de madera para las consolas y coloqué un punto de acceso a la red. Pensar en esos usos antes de cerrar evitaba tener que resolverlos después con cables a la vista.
La fontanería y la calefacción quedaron en manos profesionales. Parte de los recorridos iba por el techo y parte por el suelo. Conservamos los radiadores antiguos: los limpiamos y mi suegra ayudó a pintarlos antes de volver a colocarlos.

Esquema de recorridos de agua y calefacción durante la reforma.
Para situar las luces utilicé un nivel láser con el electricista. Intenté alinear los focos con los elementos de cada estancia y elegimos luminarias planas que facilitaban encajarlas con los perfiles del techo. Era otra decisión que había que tomar antes de dar por terminada la superficie.
Paredes, suelos y encuentros
Encargamos el lucido de las paredes y la colocación de los revestimientos cerámicos. En los baños había pensado en microcemento, pero lo descarté por coste y mantenimiento. Elegimos cerámica, con un suelo hidráulico de dibujo negro y blanco en el aseo y otro acabado gris en el baño.

El suelo hidráulico del aseo ya colocado, con las paredes todavía sin terminar.
En la cocina usamos azulejo blanco biselado en los frentes vistos. Para la ducha quería una pieza blanca lisa de formato pequeño. Encontrarla sin bisel llevó más búsqueda de la prevista; mi pareja localizó finalmente un fabricante que la tenía.

La cerámica de la ducha colocada antes de terminar el resto del baño.
Hice un bastidor de madera para la separación entre ducha y lavabo. Antes de resolver el espacio también colgué una sábana para representar el volumen de la mampara. Algunas comprobaciones eran tan sencillas como poner algo a tamaño real donde después tendría que funcionar.

La separación del baño durante la construcción, antes de revestirla.
Yo repasé desperfectos del yeso y pinté. Usé para algunos repasos una pasta que Sika me había enviado; el lucido general lo hicieron los profesionales con sus propios materiales. Elegimos blanco para varias habitaciones y techos, gris claro para el recibidor y el pasillo, verde menta para el salón y un tono tierra para el dormitorio principal.
El suelo de madera antiguo podía restaurarse, pero teníamos dos perros y me preocupaba su desgaste. Decidí cubrirlo con un laminado que pudiera retirarse. Después, al colocar rodapiés, las irregularidades de las paredes volvieron a aparecer. Con lo que sabía al terminar, me habría planteado trasdosarlas para tener superficies más rectas, aceptando la pérdida de espacio.
Conservar los precercos fue un mal ahorro
Decidí mantener los precercos de las puertas antiguas y recortarlos para alojar las nuevas. Ahorraba material, pero cada hueco exigía sus propios ajustes. Había jornadas en las que una puerta me ocupaba medio día, y el montaje no quedó igual de bien en todas.

Adaptar los precercos antiguos añadió cortes y ajustes a cada puerta.
Las jambas y otros remates también llevaron trabajo adicional. Las herramientas disponibles condicionaban cómo podía cortar y ajustar cada pieza. Después de montarlas ya tenía claro que habría preferido sustituir también los precercos: lo que había ahorrado en esa partida no compensaba el esfuerzo ni el resultado desigual.
Reservar la madera para las piezas que quería hacer
Para el mobiliario combiné módulos de serie con fabricación propia. Hacer todos los cuerpos de la cocina habría añadido muchas horas a una obra que ya iba retrasada. Preferí dedicar ese tiempo a las encimeras, las adaptaciones y otras piezas de madera de la casa.
Preparé el despiece y compré madera maciza para los trabajos. La cocina llevaría castaño nacional; los baños, roble. No era solo elegir un acabado: tenía que preparar los tablones, resolver los encuentros y montar piezas grandes con herramientas portátiles dentro del piso.

Madera para los trabajos de carpintería de la reforma.
Encimeras de castaño y una trasera de palés
La cocina se organiza con módulos IKEA adaptados a la distribución y una isla. Fabriqué las encimeras desde el predimensionado de los tablones en bruto hasta el montaje, pasando por cepillado, encolado, lijado y acabado.
Aunque había pedido la madera escuadrada y cepillada, los tablones necesitaban más ajuste. Algunos alabeos complicaban conseguir una superficie continua. La sierra circular de batería se quedaba corta para ese trabajo y terminé recuperando la sierra de cable de mi padre, con la que él había construido muchos muebles de casa.
Las uniones entre tablones tenían que cerrar bien por la cara superior, donde trabajaríamos con agua. Utilicé uniones de tipo galleta para ensamblar las piezas. No conseguí juntas perfectas en toda su profundidad; concentré el ajuste en la superficie de uso. Apliqué un acabado de OSMO apto para el contacto con alimentos.
En la trasera de la isla aproveché madera de dos palés, uno de ellos el que había traído la nevera. La cocina reunió así muebles de serie, madera maciza preparada para las encimeras y material recuperado para un revestimiento visible.
Roble y una base Singer en los baños
Hice las encimeras del baño y del aseo en roble. Una acompañaba a un mueble de lavabo de serie; para la otra compramos una antigua máquina de coser Singer y aprovechamos su base. Mi suegra ayudó a pintarla.

La pieza que compramos para aprovechar su base en el mueble del aseo.
La base tenía una forma y una presencia que quería conservar. Había que adaptar alrededor de ella la encimera y el lavabo. Era un tipo de reutilización distinto del de los precercos: aquí la pieza recuperada definía el mueble que queríamos hacer.
Vestidor, salón y canapé
En el vestidor una columna interfería con los módulos PAX. Corté y ajusté el mueble básico, las baldas y sus complementos para encajarlos, y rematé el encuentro. Lo usamos a diario.
En el salón hice un revestimiento de madera para la zona de la televisión, con cableado oculto detrás. Para ese espacio había previsto también un material de fibras textiles recicladas de cuatro centímetros, que ya había probado en la cabina de grabación. El tratamiento de esa zona formaba parte del diseño del salón junto con el mueble de la televisión.
El peso fue un problema en algunos muebles. En el de la televisión, las puertas de madera maciza resultaron demasiado pesadas y complicaron el ajuste. En el dormitorio fabriqué un canapé con bastidor de pino y tapa de OSB, un tablero formado por virutas orientadas.
Elegí rastreles de pino tratado usados para cubiertas porque eran baratos. Sus secciones variaban y algunos venían torcidos; tuve que ajustar piezas que no estaban preparadas para hacer mobiliario. La tapa, con tres capas y 45 milímetros de espesor, quedó excesivamente pesada.
Probé la apertura y añadí una bisagra al mecanismo, pero no había contado con el peso del colchón. Al colocarlo ya no podía abrirla como esperaba. Había comprobado el funcionamiento sin toda la carga que tendría durante el uso.
Un escritorio hecho con los restos de la obra
Quería una mesa de pared a pared en el despacho, de casi tres metros. Utilicé un tablero OSB como base y compuse encima un mosaico con diferentes retales, incluidas piezas del suelo antiguo de elondo. Las maderas no tenían todas el mismo espesor.
Después de encolar la composición tuve que igualar la superficie. Construí una guía para desplazar la fresadora sobre el tablero, rebajé las piezas más altas y terminé con la lijadora. Para los huecos entre retales planteé usar resina epoxi. El escritorio permitía probar materiales y herramientas sin que su terminación bloqueara la entrada a vivir.
También hice pequeñas piezas con los sobrantes. De un retal de castaño salieron dos tablas para alimentos, una con aceite de linaza y otra sin tratamiento para observar su evolución. En un estropajero dejé parte del relieve que había aparecido al retirar material con el formón, porque me interesó más que alisarlo por completo.
La consola del recibidor la hice con roble que había comprado de más, aceite de linaza y patas de aluminio negro. Quedó fijada a la pared con dos escuadras. Los restos de una intervención iban encontrando sitio en otras.
Llevar una fotografía a la pared
Para el recibidor queríamos un mural que evocara naturaleza. Después de mirar papeles ya diseñados decidimos hacer uno propio con fotografías que había tomado años antes. Preparé la imagen a tamaño real en Photoshop.
La previsualización de la tienda parecía suficientemente nítida, pero la impresión mostró el límite de resolución. De cerca se apreciaban píxeles grandes; al alejarse, el conjunto se leía bien. Fue otra diferencia entre comprobar algo en pantalla y verlo a su tamaño definitivo.
Entrar a vivir en marzo
Entramos a vivir en marzo de 2020. La cocina, la habitación y el baño permitían usar la casa, pero todavía faltaban remates. El despacho seguía funcionando como taller y la mudanza se hizo por partes.
La ventilación ya había sido recolocada. Lo que seguía pendiente era el agua caliente: durante el confinamiento se paralizó la validación de la instalación de gas. Vivimos un tiempo calentando agua en la cocina y buscando dónde ducharnos en condiciones. Habitar la casa no significó que toda la obra estuviera resuelta.
En septiembre de 2020 anoté un gasto acumulado de 48.118,40 € en la casa, frente a los 40.000 € previstos para reforma y amueblamiento. Esa cifra corresponde a aquel momento; después seguí haciendo remates y pequeños proyectos.
La lista de trabajos cambió cuando empezamos a vivir allí. Algunas cosas estaban previstas y otras surgían de necesidades cotidianas. En octubre ya había completado la zona de comedor, pero todavía quedaban detalles repartidos por varias estancias. No hubo un único día en el que todo pasara de obra a casa terminada.
Lo que se ve después de usarlo
Documentar el proceso en Forocoches y después en Instagram formó parte del trabajo. Tener los avances diarios ordenados me ayudaba a recordar qué había hecho y cuándo. El hilo reunía explicaciones, imágenes, cambios de criterio y respuestas a otras personas. También dejé escritos los fallos.
En un balance de mayo de 2022, después de algo más de dos años viviendo allí, lo que más valoraba de la ventilación era cómo se sentía el aire: menos humedad, menos olores y menos necesidad de abrir las ventanas como rutina. Las ventanas y los distintos aislamientos se habían cambiado a la vez, así que no podía separar el efecto de cada intervención mirando solo el consumo de la casa.
También aparecieron límites. Por la noche apagábamos la VMC porque se oía el aire en los difusores; durante el día ese sonido pasaba desapercibido. En verano la vivienda podía llegar a 26–27 grados y le costaba perder el calor. La ventilación no resolvía por sí sola esa situación. El confort, el ruido y el mantenimiento daban una imagen del resultado más completa que las cuentas de energía.
El uso añadió otras valoraciones. En noviembre de 2023 seguía contento con las encimeras de madera, aceptando que podían marcarse y mancharse. En cambio, el fregadero blanco me parecía una mala elección por lo difícil que resultaba mantenerlo limpio.
Antes había fabricado objetos concretos. En esta reforma tuve que encajar trabajos sobre la misma vivienda, decidir dónde gastar tiempo y dinero, revisar instalaciones antes de ocultarlas y ajustar muebles a paredes que ya existían. Las puertas, el canapé y el fregadero también dejaron constancia de los límites de mis decisiones, desde el montaje hasta el uso.
2019–2020: diseño, reforma y entrada a vivir; seguimiento posterior de uso. Diseño y coordinación propios, demolición, pintura, adaptaciones y carpintería, con ayuda de pareja, familiares, amigos y profesionales. AutoCAD, replanteo a tamaño real y herramientas de taller.